Por Daniel Maturana

Desde la existencia del internet, la búsqueda de información se ha volcado a la simpleza y la rapidez. La simpleza de no recorrer aburridos pasillos con libros polvorientos y la rapidez de tener todo a una recomendación de distancia (recomendación antes del clic). Esto no me parece bien ni mal, pues recordemos las gárgaras que echaban los académicos contra las calculadoras en los tiempos de las sumadoras e incluso contra las mismas sumadoras en los tiempos de las tablas impresas. Sería irrisorio atacar al medio sobre el cual se accede a la información como el culpable del atascamiento generacional del conocimiento (que no tengo idea cómo lo miden). Las generaciones siempre se empeñan en demostrar que son “mejores” en alguna ridícula competencia como la moral, la capacidad de estudio, la libertad de pensar, el sentido progresista, etc. Podemos sumar la categorización de las generaciones (baby boomers, milennial, centennial, etc.) como otra estúpida forma de generalizar el sentido humano, el mismo que Hannah Arendt intentó mostrar como una dirección social con tintes personales. ¿De qué sirve la generalización? Se pensaría que para tomar medidas para una masa crítica y representativa. ¿Ha servido? Sí, claro que sí. No seamos absolutistas en ver todo mal. A mi juicio, dos puntos, uno pasado y otro contemporáneo, son visibles para enrostrarnos que la sociedad del conocimiento arrastra una élite que empuja de rebote al resto de los integrantes del grupo social. En la antigüedad, el quiebre entre los que generaban conocimiento y quiénes eran laborantes fue abismal, pero hoy en día, una parte importante de la población tiene acceso a la información, posee conocimiento base más avanzado y logra insertarse en los medios influyentes con todos los vicios que conlleve. Sobre lo actual, observo que el conocimiento está disponible en cualquier momento, entonces ¿para qué lo voy a “absorber” si sé dónde buscarlo? Es como un niño sabiendo que llegará la comida, más no se preocupa de la producción u obtención de ingredientes (y estoy generalizando, ¡por favor!). La comida estará… el conocimiento estará… cuando lo busque.

La búsqueda del conocimiento posee niveles de adaptación a la situación que lo amerite y puede generarse por teoría, práctica o ambas. Así, un nivel está sometido a la presión de una evaluación constante de desempeño, interpretado en notas de colegio, listas de cotejo u obtención de certificaciones. Un nivel distinto (ni mejor, ni peor) es el conocimiento transferido de generación en generación, conocido como endocultura. En este nivel lo más llamativo es la diferencia de valorización entregada por cada generación, mostrando matices de individualismo o compañerismo, dependiendo de la realidad sociopolítica del grupo. Es la confusión sobre que las nuevas generaciones “no les interesa estudiar” y más bien corresponde a una adecuación a las nuevas formas del conocimiento. También pienso que los formatos educativos siguen siendo del siglo XIX, sin contemplar una evolución lógica para la rápida tecnologización de los hábitos de vida.

Respecto al acceso y la facilidad para ejercer o aplicar los conocimientos formales e informales, la discusión se centra en los modelos económicos, el costo de vida y la red de contactos de la persona. La igualdad y la equidad anhelada desde siempre, es superior al comparar épocas anteriores (un solo ejemplo; nunca tantos países estuvieron en paz; los discursos de que “esta” época es más violenta que otras son falsas), con acuerdos, tratados y formación de alianzas. El detalle radica en los impactos internos que estos lineamientos provocan y sin ánimo de escaparme del tema central, una nación que obligue a centrar la vida en la obtención de capital seguramente tendrá un epicentro en el trabajo, disminuyendo el tiempo disponible para otras actividades (como la autoformación intelectual). En esa misma línea, un medio ambiente desgastado y explotado, produce escenas deprimentes para las personas envueltas en las metrópolis y en los centros urbanos, que por años han querido ser un imán de civilización con los evidentes resultados: no hay nada más que la educación formal, un trozo de papel certifica conocimiento y nunca hay tiempo para validar, estudiar o preguntar las dudas existenciales y racionales. Es clara la sencillez de pensar que hay un entramado oculto en poderes fácticos que buscan impactar mi vida, en lugar de enfrentar la realidad; una decepcionante realidad de las diferencias socioculturales.

¿La Tierra es plana? Puede ser, porque no entiendo de geografía y astronomía. ¿Se llegó a la Luna? Fue parte de un plan para sentirse ganador, incluso si los rivales aceptaron los resultados (los rusos no dudan del alunizaje). ¿Las vacunas sirven? Un investigador que tuvo que retractarse asumió que producían autismo. Como ese mito se deshizo, ahora las vacunas no funcionan y solo están para “dominarnos”. La ignorancia es la madre del conocimiento, pero también provoca satisfacción de que, al ser una sapiencia superficial, si me equivoqué (o me quise equivocar), yo no soy el experto. Es el estado de bienestar dependiendo de dónde caliente el Sol.